miércoles, 25 de julio de 2012

El viejo del abrigo marrón


Se cruza con él a menudo. Siempre está sentado en el mismo banco cerca del cementerio, banco que en su mejor época debió de ser verde pero que ahora  el color era poco definido. La pintura está descascarillada, suponía que por tener que haber aguantado demasiadas estaciones.
Siempre lleva puesto el mismo abrigo marrón que le llega hasta los pies y que casi le tapan unos zapatos que deben de tener el mismo tiempo que el banco.
Las arrugas de su cara le desvelan todos y cada uno de sus años.
Hoy algo en él le llama la atención más que otros días. El viejo lleva en sus manos unas margaritas, algunas están rotas por el tallo y a otras le faltan algunos de sus pétalos, pero él las sostiene como quien sostiene a un bebe, con mimo, con cuidado.
Supone que no las ha comprado, ya que su aspecto le habla de la inmensa pobreza que debe estar padeciendo por lo que quizás las arrancó de cualquier lugar que se encontró en el camino.
Ve como se levanta  y echa a andar hacia el interior del cementerio, con lentitud, arrastrando los pies, como si llevara una pesada carga, como si se negase a llegar al destino que tiene marcado.
Ella se pone detrás y lo sigue manteniendo una prudencial distancia, no quiere que él la vea y le pregunte que por qué lo anda siguiendo. Ni siquiera sabe por qué se interesa por él, sólo sabe que hay algo familiar en él que no acierta a descubrir y quizás es esa curiosidad lo que hace que se interese por ese viejo desconocido.
Se dirige a una tumba y cuando llega a su altura se queda mirándola muy quieto. Se agacha con trabajo y deposita con ternura las flores maltrechas en la losa. Lo oye murmurar un rato, luego se queda callado con la cabeza gacha y los hombros vencidos.
Casi sin darse cuenta, ella se aproxima a él y se pone a su lado. El gira un poco la cabeza y la ve y como si hablara para sí mismo lo oye decir:
- La conocí cuando aún peinaba trenzas y desde ese mismo instante supe que la iba a querer durante toda la vida. Ella volaba alto y sabía que no me elegiría a mí como al hombre de sus sueños. Su familia era tremendamente pobre y siempre me contaba cómo sería su vida cuando consiguiera dinero. Soñaba con casarse con un hombre rico y no me cabía la menor duda que lo haría porque lo que le faltaba de escrúpulos le sobraba de belleza.
Me mantuve a su lado como un perro fiel escuchando sus sueños de grandeza hasta que un día  me echó a un lado diciéndome de que por fin lo había conseguido.
Quise retenerla, explicarle que así jamás sería feliz, que tendría todo lo que el dinero pudiese comprar pero que un día despertaría siendo una anciana sola y vacía. Le pregunté que si realmente lo amaba y la carcajada que produjo su garganta aún me martillea la cabeza. Riéndose de mi estúpida sensiblería me dijo que el amor no era lo que la iba a sacar de la pobreza, que el amor lo dejaba para gente que siempre iban a ser muertos de hambre... como yo.
Me dejó el corazón como los pedazos de un jarrón roto, que por más que quise recomponerlo  siempre sangraba por las mismas heridas.
No supe  más nada de ella hasta pasados unos años, cuando volvió al lugar donde nos criamos e hizo construir una mansión, creo que lo hizo para que todos aquellos que la vieron crecer en la miseria, pudieran contemplar lo alto que había llegado.
Yo fui uno de los peones que la construyó. No sabía siquiera que trabajaba para ella hasta que un día por casualidad la vi. No me reconoció. Los años le habían regalado aún más belleza si cabía.
Me trató como lo que era, un peón. Me gritó con altanería que cómo tenía  la desfachatez de quedarme parado y mirarla, que si no sabía quién era ella y que me quitara inmediatamente de su vista.
Cuando la llamé por su nombre, la lividez de su cara me hizo temer que se desmayaría al escuchar su nombre en boca de un peón.
Empezó a insultarme, hasta que de pronto se calló y supe que me había reconocido y con la misma risa con la que se despidió de mí hacía años, levantó la cabeza con altivez y me dijo:
- ¿Ves cómo el amor no  te sacó de pobre?. Sigues siendo el mismo muerto de hambre de siempre, en cambio mírame a mí, mira lo que tengo y mira lo que soy.
Con un hilo de voz acerté a responderle:
- Sólo veo lo que tienes, veo todo lo que posees, no puedes enseñar más que eso
 puesto que no tienes nada más.
Me cruzó la cara de una bofetada mientras me gritaba que jamás la volviera ni a tutear ni a llamar por su nombre de pila. Se dio la vuelta y me dejó clavado en la tierra, recogiendo los pedacitos de corazón que había vuelto a espacir por segunda vez en su vida.
Sabía que era una persona sin corazón, que había vendido su alma al diablo por dinero pero yo la seguía amando igual.
Unos pocos días antes de terminar el trabajo para el que me habían contratado, la vi de nuevo. Estaba sentada en un sofá que supuse que ni con dos vidas que viviera me alcanzaría para tener jamás. Yo me dirigía hacía la cocina que teníamos destinados los peones cuando escuché que me llamaba.
Me giré y la miré, si en ese momento no descubrió el amor que sentía por ella es que estaba ciega.
Me tomó de la mano y me llevó escaleras arriba, ella subía delante de mí y yo detrás de ella sentía que mis pies no tocaban el suelo.
Me pidió que no hablara, que no hiciera preguntas, que ni siquiera la nombrara y me besó. Por un tiempo nuestros cuerpos fueron uno, por unos instantes la sentí mía y sólo mía. Por unos minutos la tuve doblegada ante mí. Y la amé aún más. Estoy convencido que fue la única cosa que hizo sin previo pago.
Un rato después me pidió que me marchara y que no regresara jamás. No me permitió hablar, quise decirle que se quedara conmigo, que como yo la amaba no la iban a amar nunca pero no me dejó y con un portazo destruyó el mundo que le brindaba.
Guarde en mis bolsillos los recortes de aquel amor no correspondido, me marché tal y como me pidió y ya jamás regresé. No me casé nunca porque la esperaba a ella, tenía la esperanza, esa vana esperanza que da el amor, de que un día vendría a buscarme.
No supe más de ella hasta que un día en un periódico vi su esquela. Fui a su entierro a hurtadillas y sólo vi a una joven postrada aquí, a sus pies.
Sentí una inmensa pena al comprobar que el tiempo me dio la razón, al ver que murió como vivió... sola.
¿Sabes lo que es amar a alguien durante toda la vida y no podérselo decir hasta ahora?
La amé por encima de todo y de nada me sirvió, quise poner el mundo a sus pies y lo pisoteó. Jamás se mereció ni una sola de las muchas lágrimas que derramé por ella en todos los años de mi penosa y lastimera vida. Pero aquí estoy, llorando, acompañándola en su soledad, poniendo flores en la tumba de alguien que no me perteneció nunca.
Tal y como había empezado a hablar se calla de repente.
Ella lo coge de la mano y le pregunta:
- ¿Por qué dice usted que de nada le sirvió amarla?, al menos tuvo usted la suerte de poder amar a alguien de esa manera, tal vez ella nunca fue poseedora de esa suerte.
Con una voz que denotaba algo de la esperanza que se quedó en el camino, le dice:
- ¿Tú crees?
- Claro que lo creo, es infinitamente más infeliz aquel que jamás sintió amor alguno por nadie. Eso es vivir sin vivir, morir sin dejar huella en nadie. ¿No cree usted que fue mucho más afortunado que ella?
El la mira profundamente y asiente con una sonrisa.
-Puedes que tengas razón, ahora que lo pienso detenidamente... puede que tengas razón.
La mira largamente, le acaricia la mejilla y mientras se aleja con una media sonrisa en los labios le dice:
-Tú me recuerdas un poco a ella, que tontería ¿verdad?.
Ella se queda allí, con cuidado retira las flores que el viejo del abrigo marrón ha dejado y lee el nombre inscrito en la losa.
El nombre  de su madre. Aquella madre de la que no recuerda ni un solo beso, ni unas sola caricia, ni una sola palabra amable. Aquella madre que la crió entre algodones que ponían otros. Creció en medio del lujo y la ostentación pero la privó de aquella rueda que hace girar el mundo. El amor.
Su madre no tuvo un ápice de compasión por ella ni siquiera en su lecho de muerte, para confesarle lo que acababa de descubrir.
Giró la cabeza y miró al hombre que se alejaba... ya sabía por qué le resultaba tan familiar.


La cajita roja


Estaba ensimismada mirando al frente sin mirar nada en concreto cuando hubo algo que le llamó la atención. Se levantó y cogió la nota que había en un mueblecito auxiliar del salón. La nota estaba doblada en cuatro partes perfectas y en el centro de la misma con una letra que conocía desde que tenía uso de razón, se podía leer su propio nombre.
La letra pertenecía a su madre. La desdobló y leyó:
Sube a tu cuarto, abre el tercer cajón del armario y coge la cajita roja que hay allí.
Frunció el entrecejo. ¿De qué iba aquello?, no entendía nada, no obstante hizo lo que la nota le ordenaba y subió las escaleras.
Se dirigió al armario y abrió el tercer cajón. La cajita roja estaba allí. Su cajita roja.
Tenía un brochecito dorado, de esos que se abren con una llavecita minúscula.
El broche estaba abierto, ella lo dejó así porque había perdido la llave siendo aún una niña. La cogió, se sentó en la cama, se puso la cajita sobre las rodillas y la abrió. Se encontró con folios amarillentos castigados por el paso del tiempo, escritos por ella misma.
Se trasladó a casi veinte años atrás, cuando en folios escribía sobre sentimientos, sobre alegrías y tristezas, sobre amores y desamores, donde desnudaba el corazón sin ningún tapujo.
Recordó cómo su madre, cuando ella le daba a leer aquellos trozos de historia le decía que no cambiara nunca, que jamás ocultara sus sentimientos, que llorara siempre que lo necesitara ya que las lágrimas eran la medicina perfecta para el alma.
La mente la trajo al presente... y lloró.
Lloró por todas las veces que necesitó hacerlo y que por hacerse la valiente no hizo.
Lloró por todas las palabras que pudo haber dicho y que por cobardía se calló.
Lloró por todos los besos y abrazos que pudo haber dado y por no sentirse vulnerable se guardó.
¿En qué momento de vida cambió su forma de ser e iba disfrazada por la vida vestida con una coraza de metal?
Cerró la cajita y bajó con ella las escaleras, sintiendo que la persona que bajaba no era la misma que anteriomente había subido.
Se encontró a su madre en la cocina, de pie, esperándola. La abrazó.
La abrazó como no recordaba haberlo hecho en años. Y la escuchó decir:
-No me hiciste caso hija mía, te dije que jamás cambiaras y lo hiciste. Te dije que lloraras siempre que lo necesitaras y no lloraste. Enterraste en lo más profundo de tu alma, tu verdadero yo.
Le abrió la palma de la mano y le colocó allí la llavecita de la cajita roja, mientras le decía:
´-Intenta recuperar a la persona que es dueña de esta llave.
Cuando se disponía a responderle, escuchó que alguien llamaba a la puerta. Se giró sobre sí misma para abrir.
Se encontró con su padre, la estatura de este impedía al sol colarse por la puerta.
Con voz pausada y triste lo escuchó decir:
-Hija, me acompañarás también hoy a ponerle flores a tu madre ¿verdad?
Miró a su espalda, para la cocina... no había nadie.
Bajó la cabeza y abrió la mano.
La minúscula llavecita estaba allí.


De mantas unos cartones


Allí en el suelo duro de una calle cualquiera la veo dar vueltas y más vueltas tratando de acomodarse para poder conciliar el sueño. Un sueño que quizás por unas horas la transportará a un mundo diferente del que vive actualmente. He visto como ha recogido unos cartones que le servirán de manta esta noche y he visto cómo ha despreciado otros.
Ayer pude hablar con ella, no me fue fácil hacerlo, es huraña y solitaria. Me dijo que tenía cuarenta y cinco años pero aparenta quince más, comentario que por supuesto me callé. Si me acerco y la miro detenidamente casi le puedo contar las arrugas de su cara, que más que arrugas me parecen surcos. Surcos profundos que recogen todas y cada una de sus penas. Su mirada contiene un pozo de tristeza, como tristeza guarda igualmente su alma.
Sé que ha debido de sufrir muchísimo, se le noto en su aspecto, en la cansina forma que tiene de caminar, en esa manera de mirar que tiene.
Me cuenta con esa voz que parece desgarrarle la garganta que está cansada de la vida, cansada del asco que sabe produce y cansada del desprecio en las miradas de la gente. Me dice que lo que más desea en este mundo es que para ella no haya otro mañana.
Me agradece que sea yo la única persona que en muchos años se digne a fijarse en ella y le dirija la palabra. Me relata que su vida no fue siempre así, que hubo un tiempo en que aunque fugazmente fue feliz. Las causas que la llevaron a convertirse en una indigente no me las decía porque consideraba que era lo único que le pertenecía y que si me lo contaba ya no tendría nada.
Terminó diciéndome que yo probablemente tampoco lo entendería... Me despedí de ella con una sonrisa y le apreté el brazo en señal de amistad.
Veo que por fín se ha podido dormir, me alegro por ella.
Me acerco y recojo los cartones que ella antes despreció. Lo mismo me pueden servir  a mí para cobijarme del frío. Una noche más rezaré antes de domirme para que la puntera de una bota no me de en la espalda mientras una voz profunda y desagradable me diga " señora márchese, aquí no se puede estar".


A Noelia



Camina por la vida silenciosa y pausadamente casi sin hacer ruido.
 
Camina al compás del gentío por costumbre, por rutina, por obligación pero sin ganas.
 Se deja llevar por la vida pero sin vivirla.
 Se paró el reloj que marcaba sus horas.
 Se inmovilizó el calendario que determinaba sus días.
 Se atoró el motor que la guiaba. 
Se estropeó para siempre el tren que la llevaba. 
Se interrumpió el latido del corazón que latía junto a ella. 
Se soltó de su mano sin casi tiempo para despedirse.
 La muerte burlándose de su juventud se lo arrebató con crueldad, sin el más mínimo ápice de misericordia. 
Lágrimas amargas inundan sus noches en la soledad de su cuarto, en el vacío de su cama
Lo recuerda como al hombre que amó por encima de todo, como al padre de sus dos amados hijos.
 En su cumpleaños arroja un ramo de flores en el lugar donde descansan sus cenizas, mientras una mano aprieta fuertemente su maltrecho corazón. 
Se fue y la dejó aquí, soportando esa inmensa pena que aún no sabe cómo afrontar. 
La dejó en esta vida que no sabe cómo vivir sin él, pero que vive por costumbre, por rutina, por obligación. 


 Dedicada a Noelia.
 Ojalá que tu pena sea pronto un recuerdo que no te haga daño.