Que no me hagas sentir culpable.
Que no soy culpable, que no.Jamás fui princesa
Puntuación: 

Carta a mi búha favorita
Puntuación: 
Querida Amiga:
Mio
Puntuación: 
Carlitos
Puntuación: 
Carlitos era un niño flacucho, desgarbado y muy poquita cosa para su edad. Tenía diez años, en cambio no aparentaba más de siete.
Siempre le caía un flequillo rubio por los ojos. Costaba trabajo saber de qué color los tenía precisamente por ese motivo. A veces llevaba el pelo mojado producto de una ducha reciente y ahí sí que se podía distinguir que sus ojos eran negros como el azabache, profundos, tan profundos que si los miraba largamente parecía como si de golpe hubiera crecido diez años más. Era la mirada de un niño que a pesar de su aspecto y de su edad, de repente se convertía en adulto.
Carlitos, que era como le solíamos llamar los compañeros de clase, era un chico solitario, asustadizo, que a la primera de cambio daba un respingo. Solía ser el blanco perfecto de todas las burlas.
No hacía mucho tiempo que había venido al pueblo y por lo tanto al colegio. Cuando lo vi por primera vez, supe que su existencia no era nada fácil.
Cuando tenía oportunidad lo defendía de los compañeros y evitaba así que le dieran algún que otro puntapié o que escuchara alguna palabra malsonante respecto a su aspecto.
Vivía en una casita al final de mi calle, que siempre me hacía pensar que el día menos pensado se caería sobre sus cimientos. Algún día me invitaba a pasar aunque evitaba entrar si estaba su padre.
Su padre era todo lo contrario a Carlitos, alto, fuerte, moreno y con una mirada que deseabas que no posase en ti porque te erizaba los pelos de la nuca.
La madre de Carlitos murió cuando él apenas tenía tres años y conservaba una foto en la mesita de noche, muy cerca de la cabecera de su cama.
La primera vez que me la enseñó supe de quién heredó ese pelo tan rubio y esos ojos tan oscuros.
Carlitos no hablaba mucho, más bien escuchaba todo el tiempo, sin embargo logré que me contara lo que echaba de menos a su madre y que su padre le pegaba, todo ello mientras apretaba la foto de su madre contra su pecho y las lágrimas le caían por la cara. También me dijo que a veces escuchaba cómo su madre lo llamaba , so pena de que eso le hiciera parecer un loco delante mío. Yo le contesté que no, mientras me hacía un nudo en el corazón para que no notara el efecto que producía en mí todas sus palabras.
Un día Carlitos no vino al colegio y cuando le pregunté a la señorita Ana por él, me dijo que su padre había llamado diciendo que estaba enfermo y que no volvería por lo menos en un par de semanas.
Me removía inquieto en mi silla deseando con todas mis fuerzas que terminara las clases para ir a verlo. A mediodía su padre aún trabajaba y tendría un buen rato para estar con él antes de que llegara.
Al llegar la hora de la salida, corrí hacía su casa como viento que lleva el diablo. Sabía que Carlitos no estaba enfermo y seguro que no me equivocaba.
Cuando llegué y me abrió la puerta después de estar un buen rato llamando, sentí que se me quebraba el mismo alma. Carlitos tenía la cara amoratada, los ojos apenas se le veían por la hinchazón y la razón por la que había tardado tanto tiempo en abrir, la tenía justo enfrente de mí. Apenas podía sostenerse en pie. Lo llevé a duras penas a su habitación. Sin decir una sola palabra se quitó la camisa del pijama y pude ver como su espalda estaba cosida a latigazos. Me costaba incluso respirar después de aquella visión.
Le costaba hablar por lo que supuse que tenía alguna costilla rota y cuando le pregunté que por qué, que por qué se ensañaba así con él, me contestó que daba igual lo que hiciera o dijera, siempre buscaba una excusa para pegarle. A su madre la mató así. El lo vio todo pero su padre ignoraba que él lo sabía. Comprendí entonces por qué Carlitos tenía aquella mirada de adulto. Creció de repente un día cuando tenía sólo tres años y siguió creciendo a base de palos.
Le prometí ir todos los días a verlo y cuidarlo después de clase. Le prometí comprarle los tebeos que prácticamente devoraba y que escondía luego debajo de la cama para que su padre no los viera ,del Kiosko de la señora Remedios.
El asentía mientras le prometía todo aquello llorando a moco tendido ya, porque el nudo que me hice en el corazón la última vez, se me había desatado sin que pudiera hacer nada para volver a anudarlo.
Al día siguiente en mitad de la clase alguien interrumpió a la señorita Ana que nos pidió silencio mientras estuviera ausente.
Cuando se abrió la puerta y vi su cara desencajada con una nota blanca en la mano, supe que se trataba de Carlitos.
La señorita Ana con un hilo de voz me llamó y me dió la nota junto con su permiso para que me marchara si así lo deseaba.
Apretujando ese trozo de papel en la mano salí de allí corriendo y casi no recuerdo cuando dejé de hacerlo.
Sudoroso y jadeante, abrí temblando la nota y leí las letras de aquella nota:
Mi madre me ha vuelto a llamar y esta vez le he hecho caso.
Carlitos se ahorcó en su habitación con la esperanza de que fuera su madre quien ahora le cuidara tal y como había hecho hasta que murió.
Han pasado casi veinte años de esto y aún conservo los tebeos que le compré en el kiosko de la señora Remedios.
De todos los animales, el hombre es el más cruel. Es el único que infringe dolor por el placer de hacerlo.
Voltaire ( Fílósofo francés).
Siempre le caía un flequillo rubio por los ojos. Costaba trabajo saber de qué color los tenía precisamente por ese motivo. A veces llevaba el pelo mojado producto de una ducha reciente y ahí sí que se podía distinguir que sus ojos eran negros como el azabache, profundos, tan profundos que si los miraba largamente parecía como si de golpe hubiera crecido diez años más. Era la mirada de un niño que a pesar de su aspecto y de su edad, de repente se convertía en adulto.
Carlitos, que era como le solíamos llamar los compañeros de clase, era un chico solitario, asustadizo, que a la primera de cambio daba un respingo. Solía ser el blanco perfecto de todas las burlas.
No hacía mucho tiempo que había venido al pueblo y por lo tanto al colegio. Cuando lo vi por primera vez, supe que su existencia no era nada fácil.
Cuando tenía oportunidad lo defendía de los compañeros y evitaba así que le dieran algún que otro puntapié o que escuchara alguna palabra malsonante respecto a su aspecto.
Vivía en una casita al final de mi calle, que siempre me hacía pensar que el día menos pensado se caería sobre sus cimientos. Algún día me invitaba a pasar aunque evitaba entrar si estaba su padre.
Su padre era todo lo contrario a Carlitos, alto, fuerte, moreno y con una mirada que deseabas que no posase en ti porque te erizaba los pelos de la nuca.
La madre de Carlitos murió cuando él apenas tenía tres años y conservaba una foto en la mesita de noche, muy cerca de la cabecera de su cama.
La primera vez que me la enseñó supe de quién heredó ese pelo tan rubio y esos ojos tan oscuros.
Carlitos no hablaba mucho, más bien escuchaba todo el tiempo, sin embargo logré que me contara lo que echaba de menos a su madre y que su padre le pegaba, todo ello mientras apretaba la foto de su madre contra su pecho y las lágrimas le caían por la cara. También me dijo que a veces escuchaba cómo su madre lo llamaba , so pena de que eso le hiciera parecer un loco delante mío. Yo le contesté que no, mientras me hacía un nudo en el corazón para que no notara el efecto que producía en mí todas sus palabras.
Un día Carlitos no vino al colegio y cuando le pregunté a la señorita Ana por él, me dijo que su padre había llamado diciendo que estaba enfermo y que no volvería por lo menos en un par de semanas.
Me removía inquieto en mi silla deseando con todas mis fuerzas que terminara las clases para ir a verlo. A mediodía su padre aún trabajaba y tendría un buen rato para estar con él antes de que llegara.
Al llegar la hora de la salida, corrí hacía su casa como viento que lleva el diablo. Sabía que Carlitos no estaba enfermo y seguro que no me equivocaba.
Cuando llegué y me abrió la puerta después de estar un buen rato llamando, sentí que se me quebraba el mismo alma. Carlitos tenía la cara amoratada, los ojos apenas se le veían por la hinchazón y la razón por la que había tardado tanto tiempo en abrir, la tenía justo enfrente de mí. Apenas podía sostenerse en pie. Lo llevé a duras penas a su habitación. Sin decir una sola palabra se quitó la camisa del pijama y pude ver como su espalda estaba cosida a latigazos. Me costaba incluso respirar después de aquella visión.
Le costaba hablar por lo que supuse que tenía alguna costilla rota y cuando le pregunté que por qué, que por qué se ensañaba así con él, me contestó que daba igual lo que hiciera o dijera, siempre buscaba una excusa para pegarle. A su madre la mató así. El lo vio todo pero su padre ignoraba que él lo sabía. Comprendí entonces por qué Carlitos tenía aquella mirada de adulto. Creció de repente un día cuando tenía sólo tres años y siguió creciendo a base de palos.
Le prometí ir todos los días a verlo y cuidarlo después de clase. Le prometí comprarle los tebeos que prácticamente devoraba y que escondía luego debajo de la cama para que su padre no los viera ,del Kiosko de la señora Remedios.
El asentía mientras le prometía todo aquello llorando a moco tendido ya, porque el nudo que me hice en el corazón la última vez, se me había desatado sin que pudiera hacer nada para volver a anudarlo.
Al día siguiente en mitad de la clase alguien interrumpió a la señorita Ana que nos pidió silencio mientras estuviera ausente.
Cuando se abrió la puerta y vi su cara desencajada con una nota blanca en la mano, supe que se trataba de Carlitos.
La señorita Ana con un hilo de voz me llamó y me dió la nota junto con su permiso para que me marchara si así lo deseaba.
Apretujando ese trozo de papel en la mano salí de allí corriendo y casi no recuerdo cuando dejé de hacerlo.
Sudoroso y jadeante, abrí temblando la nota y leí las letras de aquella nota:
Mi madre me ha vuelto a llamar y esta vez le he hecho caso.
Carlitos se ahorcó en su habitación con la esperanza de que fuera su madre quien ahora le cuidara tal y como había hecho hasta que murió.
Han pasado casi veinte años de esto y aún conservo los tebeos que le compré en el kiosko de la señora Remedios.
De todos los animales, el hombre es el más cruel. Es el único que infringe dolor por el placer de hacerlo.
Voltaire ( Fílósofo francés).
Maldito Orgullo
Puntuación: 
Mario se levantó del sillón y su estatura pareció ocupar toda la estancia. Siempre le gustaron los hombres altos, eso la hacía sentirse segura, arropada.
Aunque ella siempre había fingido ser una chica fuerte, valiente, sin miedo a nada, en realidad por dentro era frágil como el cristal de bohemia.
-¿ No dices nada Ale?- preguntó con cierta extrañeza alzando un poco la voz.
- ¿ Qué quieres que diga?- le contestó ella-, ya lo has dicho todo tú.
- No sé... es que me esperaba otra cosa... no me esperaba esa tranquilidad por tu parte- titubeó Mario
- ¿ Esperabas que me rasgara las vestiduras?, ¿ Qué te armara un escándalo?- soltó un resoplido y se encogió de hombros- ¿ De qué serviría?.
Ale se acercó a la ventana, fuera llovía con fuerza. Con gesto automático pasó el puño de la manga del jersey azul turquesa que llevaba puesto por el cristal formando círculos. Eso le permitió ver como la tierra de las plantas que tenía en el jardín caían resbalándose como serpientes a lo largo de los tiestos. Mañana le tocaría recoger todo aquello.
Una hora antes Mario la había llevado al salón con un escueto Ale, tenemos que hablar.
Ella lo escuchó atentamente, sin interrumpirle mientras él le relataba con todo lujo de detalles, detalles que hubiera agradecido se guardara, cómo se había enamorado de otra mujer, que ya hacía tiempo que no la quería, que no sentía nada y que tampoco la deseaba como mujer. Que lo sentía mucho pero que eso era lo que había. Que hiciera lo posible por olvidarle y que rehiciera su vida en cuanto pudiera.
Después de una pausa que se hizo interminable en la que él esperó a que ella gritara o rompiera a llorar, fue él quién dando un puntapié en el suelo le gritó que ¿ por qué te quedas callada?, ¡dí algo!.
Se apartó de la ventana y mirándolo con frialdad le dijo:
- Por favor Mario, recoge tus cosas y márchate
.- ¿ Eso es todo lo que vas a decirme?, ¿ Que recoja mis cosas y me vaya?, ¿ No te importa nada de lo que está ocurriendo?, ¿ No haces nada para intentar retenerme?- Mario formulaba una pregunta tras otra incapaz de creerse que su mujer se quedara como una pasmarote frente a él.
- El que me importe o no me importe no es la cuestión. La cuestión es que esto se ha terminado. Tampoco es el fin del mundo. No hay que darle más vueltas. La vida hay que tomársela como viene.
Algo en la actitud de ella no le cuadraba, no le terminaba de encajar aquella parsimonia y serenidad en su forma de hablar. Frunció el entrecejo y de pronto lo supo. Sintió que la cara se le ponía roja de ira. Así que la muy...
- ¿Desde cuándo Ale?, ¿Desde cuándo coño estás con otro puto tío?- vociferó él mientras las venas se le marcaban notablemente en el cuello- ¿ Desde cuando me engañas?.
- En todo caso Mario y a estas alturas poco te ha de importar eso ya -respondió la chica con increíble sosiego.
- ¡ Eres una...! - sin terminar la frase pegó un portazo de los que dejan a las puertas en peligro de muerte y se marchó.
Ale volvió a la ventana, la lluvia no había amainado nada. Los cristales lloraban por fuera, como si quisieran acompañarla en su propio llanto. Llanto que le había costado un mundo contener delante de Mario.
Debido a su tremendo orgullo y fuerte amor propio, herencia de su padre, prefirió que la creyera una cualquiera a que supiera que la había roto por dentro.
Un día le entregó su vida y ahora él se la devolvía rota en mil pedazos.
Se alejó de la ventana.
Mañana tendría que arreglar el jardín.
Aunque ella siempre había fingido ser una chica fuerte, valiente, sin miedo a nada, en realidad por dentro era frágil como el cristal de bohemia.
-¿ No dices nada Ale?- preguntó con cierta extrañeza alzando un poco la voz.
- ¿ Qué quieres que diga?- le contestó ella-, ya lo has dicho todo tú.
- No sé... es que me esperaba otra cosa... no me esperaba esa tranquilidad por tu parte- titubeó Mario
- ¿ Esperabas que me rasgara las vestiduras?, ¿ Qué te armara un escándalo?- soltó un resoplido y se encogió de hombros- ¿ De qué serviría?.
Ale se acercó a la ventana, fuera llovía con fuerza. Con gesto automático pasó el puño de la manga del jersey azul turquesa que llevaba puesto por el cristal formando círculos. Eso le permitió ver como la tierra de las plantas que tenía en el jardín caían resbalándose como serpientes a lo largo de los tiestos. Mañana le tocaría recoger todo aquello.
Una hora antes Mario la había llevado al salón con un escueto Ale, tenemos que hablar.
Ella lo escuchó atentamente, sin interrumpirle mientras él le relataba con todo lujo de detalles, detalles que hubiera agradecido se guardara, cómo se había enamorado de otra mujer, que ya hacía tiempo que no la quería, que no sentía nada y que tampoco la deseaba como mujer. Que lo sentía mucho pero que eso era lo que había. Que hiciera lo posible por olvidarle y que rehiciera su vida en cuanto pudiera.
Después de una pausa que se hizo interminable en la que él esperó a que ella gritara o rompiera a llorar, fue él quién dando un puntapié en el suelo le gritó que ¿ por qué te quedas callada?, ¡dí algo!.
Se apartó de la ventana y mirándolo con frialdad le dijo:
- Por favor Mario, recoge tus cosas y márchate
.- ¿ Eso es todo lo que vas a decirme?, ¿ Que recoja mis cosas y me vaya?, ¿ No te importa nada de lo que está ocurriendo?, ¿ No haces nada para intentar retenerme?- Mario formulaba una pregunta tras otra incapaz de creerse que su mujer se quedara como una pasmarote frente a él.
- El que me importe o no me importe no es la cuestión. La cuestión es que esto se ha terminado. Tampoco es el fin del mundo. No hay que darle más vueltas. La vida hay que tomársela como viene.
Algo en la actitud de ella no le cuadraba, no le terminaba de encajar aquella parsimonia y serenidad en su forma de hablar. Frunció el entrecejo y de pronto lo supo. Sintió que la cara se le ponía roja de ira. Así que la muy...
- ¿Desde cuándo Ale?, ¿Desde cuándo coño estás con otro puto tío?- vociferó él mientras las venas se le marcaban notablemente en el cuello- ¿ Desde cuando me engañas?.
- En todo caso Mario y a estas alturas poco te ha de importar eso ya -respondió la chica con increíble sosiego.
- ¡ Eres una...! - sin terminar la frase pegó un portazo de los que dejan a las puertas en peligro de muerte y se marchó.
Ale volvió a la ventana, la lluvia no había amainado nada. Los cristales lloraban por fuera, como si quisieran acompañarla en su propio llanto. Llanto que le había costado un mundo contener delante de Mario.
Debido a su tremendo orgullo y fuerte amor propio, herencia de su padre, prefirió que la creyera una cualquiera a que supiera que la había roto por dentro.
Un día le entregó su vida y ahora él se la devolvía rota en mil pedazos.
Se alejó de la ventana.
Mañana tendría que arreglar el jardín.
Regalo Mortal
Puntuación: 
Se le había hecho tarde. Solo cuando salió a la calle se percató de que ya era de noche, definitivamente el trabajo la tenía cada día más absorbida. Si hijo la había llamado una hora antes para preguntarle si tardaba mucho, no le hacía gracia que anduviera sola en mitad de la noche .Ella le respondió que no se preocupara y que la esperara para cenar. Se dio prisa para cruzar la distancia que la separaba del coche. Estaba a varias manzanas de allí, por la mañana le había resultado ardua la tarea de buscar aparcamiento.
A los lejos se escuchaban pasos apresurados, como si corrieran. No le prestó mucha atención y volvió a concentrarse en sus propios pensamientos.
De pronto lo escuchó. Agudizó el oído. Un gemido suave, tenue, apagado pero tremendamente lastimero que lo convirtió en lamento, hizo que volviera la cabeza y viera al chico tirado a un lado de la carretera.
Se arrodilló junto a él. El chico se encontraba herido de muerte, la afilada navaja le había infringido una herida mortal de necesidad. La vida se le escapaba por segundos sin que ella pudiera hacer absolutamente nada excepto quedarse junto a él. El chico le regaló su último aliento de vida. Regalo mortal que no deseaba, que no quería, que no había pedido.
La policía la encontró sentada en el suelo, llorando sin consuelo mientras sus rodillas acunaban la cabeza del chiquillo. Alguien la separó del cuerpo inerte del muchacho mientras sentía que con él se iba parte de su propia vida.
Cuando unos minutos antes ella salía presurosa del trabajo pensando en lo tarde que era, jamás hubiera podido imaginar que su hijo la iba ido a ir a buscar y que ese gesto lo pagaría con su vida.
Promesa cumplida
Puntuación: 
Fernando Galiano es cardiólogo y después de un día particularmente duro, se encamina a la salida del hospital pensando sólo en llegar a su casa y descansar.
Se siente extenuado.
Se dirige hacia el aparcamiento y casi cuando le va a dar al mando para abrir el coche, suena el teléfono móvil.
- Fernando, ¿ Has salido ya ?
- Casi estoy en el coche María ¿ Por qué?
- Vuelve por favor, acaba de entrar un señor de extrema gravedad. Lo hemos llevado al quirófano cinco.- La voz de María suena con urgencia.
Sin pensárselo dos veces da media vuelta y sale corriendo hacia el interior. Ya en la unidad de cardiología, se dirige al quirófano cinco y mientras María le va atando la bata., él lee el informe
:Edad: Cuarenta y un año.
Nombre: Alberto Montero.
Se para de golpe, tanto que María no se lo espera y choca contra él.
- Fernando, ¿ Te encuentras bien?
- Perdona...
Abre con fuerza la puerta de quirófano y lo ve. Tendido en la mesa de operaciones. Es él.
- Tranquilo, juro que aunque sea lo último que haga en mi vida, te sacaré de aquí.
María enarca las cejas en señal de sorpresa. Nunca lo había visto así. Pero se limita a ayudarlo sin comentar nada.
Después de tres horas en las que tuvo que enfrentar a la muerte casi de cara, Fernando sale del quirófano satisfecho. Se da una ducha y hace tiempo para que Alberto despierte.
Ya a los pies de la cama Fernando ve que Alberto abre los ojos.
Se encuentran de frente las miradas. Fernando sonríe y Alberto sin poder apartar la vista le dice
-¿ Usted es el que me ha operado?
- Sí
- Muchas gracias.
- No me des las gracias, es mi trabajo.
El cariz que toma las facciones de Alberto le dicen que lo ha reconocido y casi al unísono los dos recuerdan lo pasado dieciséis años atrás.
Fernando dormía cuando se declaró un incendio en el orfanato donde había transcurrido toda su vida.El fuego lo estaba asfixiando y las llamas luchaban por alcanzarlo, cuando Fernando se sintió transportado por un bombero.
- Tranquilo chaval, juro que aunque sea lo ultimo que haga en mi vida, te sacaré de aquí
.El niño tosía con fuerza a causa del humo. Sentía que los pulmones le iban a estallar de un momento a otro.
Su salvador le puso su propia mascarilla arriesgándose por él y más que sentirse aliviado se sintió profundamente conmovido y agradecido.
En sus doce años de vida nadie había hecho nada por él gratuitamente. Ya a salvo y en la calle lo depositó en la camilla de la ambulancia que ya lo estaba esperando. Cuando el bombero le quitó la mascarilla el niño le dijo con un hilo de voz:
: - Muchas gracias...
- No me des las gracias, es mi trabajo.
Al darse la vuelta para marcharse, sintió que la mano del chiquillo le agarraba la chaqueta del uniforme.
- ¿ Cómo te llamas?
- Alberto Montero ¿ y tú?
- Fernado Galiano . No me olvidaré de tu nombre jamás. ... juro que aunque sea lo último que haga en mi vida, algún día yo también te salvaré a ti.
El bombero sonrió con toda la ternura que aquella frase le provocó y se marchó no sin antes acariciarle el cabello.
- Te pondrás bien Chaval.
Es muy probable que la vida te devuelva todo aquello bueno que hayas hecho alguna vez.
Hola, me llamo Elisa
Puntuación: 
Hola, me llamo Elisa y tengo nueve años
El marido de mi mamá se llama Mario y desde hace un año se mete todas las noches en mi cama..Me dice que si digo algo le hará daño a mi hermanita pequeña, que ahora tiene dos años y yo la quiero con toda mi alma.Tengo el deber de protegerla porque mi mami no puede, ya que casi siempre está acostada, dice que está malita pero yo creo que me miente, que no está malita, que lo que está es borracha ya que cuando me habla tengo que apartarme mucho porque su aliento me recuerda al de mi papá que está en el cielo.
Hace tiempo que murió pero ese olor se me quedó grabado en las fosas nasales, que es así como los adultos suelen referirse a la nariz.Los médicos le dijeron a mi mamá que murió de cirrosis. No sé que es eso, pero creo que tiene algo que ver con beber mucho alcohol.Pero era bueno y cuidaba de mí. Me llevaba al parque y me compraba algodón dulce. Me paseaba en los columpios, y hacíamos castillos en la arena como mi pala y mi cubo.Lo echo mucho de menos. A veces rezo para que me ayude. Pero el cielo debe de estar muy lejos porque no me escucha.
Creo que mi mamá sabe lo que me hace Mario y no comprendo por qué no me ayuda, por qué no me protege.Me siento tan sola y desvalida...Si mañana mi mamá no bebe, iré a la escuela. Me gusta mucho ir porque quiero aprender cosas para no convertirme en una mujer como ella.Voy los días en que ella parece convertirse en otra persona y cuida de la casa y de mi hermanita. Pero cuando regreso, siempre voy con el temor guardado en mi mochila por si me la encuentro acostada y vociferando palabrotas espantosas.Los días que me la encuentro así cojo a mi hermanita y la meto en la bañera con mucho cuidado. La lavo porque está muy sucia y los pañales le apestan. Luego le pongo cremita en el culete, porque siempre lo tiene muy rojo. La pobre llora y yo la consuelo dándole besitos y abrazos hasta que se calma.Cuando termino le cepillo el pelo y le hago trenzas, a ella le encanta porque se mira al espejo, sonríe y dice:
- Nena guapa.
Luego me la llevo a la cocina y entre el montón de platos y cacharros sucios amontonados en el fregadero busco su bibe.Lo friego muy bien mientras caliento leche en un cazo que milagrosamente he encontrado limpio dentro de un armario.Cuando tengo el bibe preparado me echo unas gotitas en la mano para comprobar la temperatura. Se lo entrego y ella lo chupa con avidez, lo que prueba que no ha tomado nada desde que me fui a las nueve al colegio. Mi día a día casi siempre es igual y más o menos lo llevo bien, pero cuando empieza a oscurecer comienzo a temblar porque sé que no tardará mucho en venir a mi cuarto Mario. Después de darle de cenar a mi hermana la acuesto en su cunita y le pongo la música que sale melodiosamente del móvil colgante y me quedo un rato hasta que se duerme.Le doy un besito en la frente y le susurro al oído:
- Que sueñes con los angelitos, corazón.
Me pongo el pijama y me meto en la cama. No he cenado, como casi cada noche y el estómago protesta. Me tapo y me quedo mirando la puerta. No pasa ni cinco minutos cuando por la rendija veo su sombra.Abre la puerta con cautela, se mete en silencio en mi cama y me pide que me dé la vuelta. Obedezco nerviosa y muerta de miedo mientras él sonríe y me dice:
- Eso es mi princesita buena. Ya sabes lo que tienes que hacer.
Cuando se marcha me deja como un juguete roto.Mientras lloro amargamente digo en voz alta:
- Mañana será otro día.
Hoy me he levantado y la casa está llena de policías. Mario yace en el salón muerto con un cuchillo clavado en el pecho mientras mi madre llora desconsoladamente sobre su cadáver.Nadie parece fijarse en mí.Corro hacia la habitación de mi hermanita, que sonríe al verme. La cojo en brazos y me la llevo a la cocina. Le caliento leche y le doy su bibe.La miro largamente, le doy un besito en la frente y le susurro bajito:
- Hoy es otro día corazón.
Te doy mi palabra de honor
Puntuación: 
El ruido de un frenazo y el impacto de metales me hizo frenar bruscamente. Puse la sirena del coche y encendí las luces mientras giraba a toda velocidad para ir hasta el lugar del accidente. Un coche se había salido de la vía y había impactado contra un muro. Lo que antes era un coche ahora era un amasijo de hierros retorcidos e imposibles.
Aunque hacía ya algún tiempo que era policía, aún se me hacía muy cuesta arriba presenciar ese tipo de accidentes.
Mi padre siempre me decía que aquello eran gajes del oficio, que yo era un hombre y que los hombres soportaban esas cosas.
Muchas veces le hablé de dejar aquello y con voz iracunda y la rabia saliéndose por los ojos, me gritaba:
-¿ Cómo puede ser posible que haya criado yo a este maldito gallina?.
- ¡ Lleva esa placa y ese uniforme con valentía, inútil!
No sé dónde guardaba los sentimientos el muy cabrón.
Cuando paré el coche y bajé, rezaba para mis adentros mientras me acercaba:
¡ Por favor Dios mío, que no haya niños, por favor que no haya niños!.
No, no había niños.
Estabas tú, ya sin vida al volante de aquel coche.
Si hubiera imaginado por un momento que aquella mañana iba a ser la última vez que te iba a volver a ver con vida, te doy mi palabra de honor que te hubiera dicho una vez más que te quería.
Si hubiera sabido que ya no iba a tocarte más, te doy mi palabra de honor que te hubiera estrechado un rato más entre mis brazos.
Si hubiera adivinado que ya no iba a oler más tu perfume, te doy mi palabra de honor que me hubiera guardado tu fragancia en lo más hondo de mi alma.
Si hubiera sólo por un momento pensado que cuando me despediste alzando tu mano, iba a ser la última vez que te escuchara, te doy mi palabra de honor que hubiera alargado el momento de la despedida, de forma que quedaran grabadas en mí, todas y cada una de tus palabras.
Hoy, roto de dolor me dirijo al jefe de policía.
Abro la puerta bruscamente y de igual manera tiro en la mesa la placa, el uniforme y mi carta de dimisión.
Levanto la cabeza desafiante y miro a mi padre a los ojos... es el primer día en mi vida que no lo oigo gritar.
Aunque hacía ya algún tiempo que era policía, aún se me hacía muy cuesta arriba presenciar ese tipo de accidentes.
Mi padre siempre me decía que aquello eran gajes del oficio, que yo era un hombre y que los hombres soportaban esas cosas.
Muchas veces le hablé de dejar aquello y con voz iracunda y la rabia saliéndose por los ojos, me gritaba:
-¿ Cómo puede ser posible que haya criado yo a este maldito gallina?.
- ¡ Lleva esa placa y ese uniforme con valentía, inútil!
No sé dónde guardaba los sentimientos el muy cabrón.
Cuando paré el coche y bajé, rezaba para mis adentros mientras me acercaba:
¡ Por favor Dios mío, que no haya niños, por favor que no haya niños!.
No, no había niños.
Estabas tú, ya sin vida al volante de aquel coche.
Si hubiera imaginado por un momento que aquella mañana iba a ser la última vez que te iba a volver a ver con vida, te doy mi palabra de honor que te hubiera dicho una vez más que te quería.
Si hubiera sabido que ya no iba a tocarte más, te doy mi palabra de honor que te hubiera estrechado un rato más entre mis brazos.
Si hubiera adivinado que ya no iba a oler más tu perfume, te doy mi palabra de honor que me hubiera guardado tu fragancia en lo más hondo de mi alma.
Si hubiera sólo por un momento pensado que cuando me despediste alzando tu mano, iba a ser la última vez que te escuchara, te doy mi palabra de honor que hubiera alargado el momento de la despedida, de forma que quedaran grabadas en mí, todas y cada una de tus palabras.
Hoy, roto de dolor me dirijo al jefe de policía.
Abro la puerta bruscamente y de igual manera tiro en la mesa la placa, el uniforme y mi carta de dimisión.
Levanto la cabeza desafiante y miro a mi padre a los ojos... es el primer día en mi vida que no lo oigo gritar.
La pérdida de una madre
Puntuación: 
Decisión final
Puntuación: 
Soledad y su soledad
Puntuación: 
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